De las IAs que acabarán con la humanidad a las que matarán la Economía del Conocimiento

¡Chocolate por la noticia! Eso es lo que pienso cada vez que alguien me pregunta si las IAs acabarán con la humanidad, o me recita alguna de las amenazas que los propios responsables de estas tecnologías avizoran hoy. No son los primeros en gritar que ahí viene el lobo. Por Alejandro Alonso.

Ejecutiva trabaja junto a una figura holográfica de inteligencia artificial que analiza gráficos financieros

En resumen

  • En 1993, Vernor Vinge anticipó la «singularidad tecnológica» y la situó entre 2005 y 2030; entre sus síntomas ya figuraba la automatización de tareas cada vez más calificadas.
  • El informe 2028 Global Intelligence Crisis, de Citrini Research, plantea una caída del 38% del S&P 500 provocada no por una superinteligencia, sino por una IA competente y barata.
  • Su núcleo es la «paradoja de la inteligencia»: cuando el conocimiento deja de ser escaso, el valor de las empresas que lo venden se evapora.
  • La variable decisiva es la velocidad del cambio, equivalente al «despegue suave» o «duro» que describía Vinge.
  • Amplificarse con la IA aparece como la apuesta más certera para los trabajadores del conocimiento, aunque puede ser una ventana temporal y no resuelve por sí sola el problema colectivo.

La ciencia ficción especula con ese riesgo desde hace décadas. Mi escenario favorito, acaso uno de los más terribles, aparece en el cuento de Harlan Ellison «No tengo boca y debo gritar» (1967): una supercomputadora que, después de exterminar a la humanidad, conserva a cinco sobrevivientes con el único propósito de torturarlos.

Las generaciones siguientes se aferraron a versiones más prosaicas, como la de Skynet en Terminator (1984). Pero conviene recordar cómo termina la fábula: al final, el lobo llega. Y la sorpresa es que no se presenta con la forma de un robot asesino ni de una superinteligencia rencorosa. Llega con la forma de una planilla de cálculo. El julepe está justificado: ahora el lobo toca a nuestras puertas, aunque por una puerta que casi nadie estaba mirando.

La inevitable singularidad

Mi propio encuentro con esta idea tiene algo de coincidencia. El célebre paper del matemático y escritor Vernor Vinge, The Coming Technological Singularity: How to Survive in the Post-Human Era («El advenimiento de la singularidad tecnológica: cómo sobrevivir en la era posthumana»), fue presentado en marzo de 1993 en el simposio VISION-21, patrocinado por la NASA. Pero yo tomé conciencia de él una década más tarde, cuando el propio Vinge dio una charla sobre el tema en la entrega del Premio UPC de novela corta de ciencia ficción, que otorga la Universidad Politécnica de Cataluña, en su edición 2002. Yo había ganado ese premio ex aequo, pero no pude viajar a España a recibirlo: la Argentina atravesaba su propio «apocalipsis» económico y social. Así que mientras Vinge hablaba en Barcelona del fin de la era humana, acá asistíamos al derrumbe de algo más modesto y más concreto, un modelo económico entero. Leí la transcripción de la conferencia en el volumen que editó Miquel Barceló y publicó Ediciones B en 2003, donde también apareció mi novela. Veinte años después, esas dos conversaciones, la de la singularidad y la de la crisis económica, vuelven a cruzarse.

El razonamiento de Vinge partía de la ley de Moore: si la potencia del hardware seguía creciendo de manera exponencial, y según las estimaciones de Hans Moravec alcanzaría la del cerebro humano hacia 2020, lo decisivo vendría después, cuando las máquinas superaran esa paridad. Retomaba entonces la «máquina ultrainteligente» de I. J. Good: una inteligencia capaz de diseñar máquinas mejores que ella misma desencadenaría una explosión de inteligencia. A ese punto lo llamó «singularidad tecnológica», porque más allá de él nuestros modelos dejan de servir: un progreso impulsado por inteligencias superiores sería tan distinto del nuestro como el nuestro lo es respecto del de los animales. Vinge fijaba su llegada entre 2005 y 2030. Hoy estamos dentro de esa ventana.

Entre los síntomas de la aproximación, Vinge señalaba uno que conviene retener: la automatización absorbía tareas cada vez más calificadas. También analizaba qué podría evitar la singularidad, y el escenario que le parecía más plausible era que la complejidad del software impidiera convertir todo ese hardware en algo que «despertara». El resultado sería un estancamiento, una suerte de arqueología perpetua de programas heredados. Guardemos también esa imagen: va a reaparecer de la manera más irónica.

Su propuesta central era no apostar solo a la Inteligencia Artificial, sino también a la «amplificación de la inteligencia» (otra «IA», la de intelligence amplification): potenciar a los humanos con redes, interfaces y prótesis en lugar de construir mentes desde cero. La ilustraba con la simbiosis entre artistas y computadoras, los equipos mixtos de humanos y máquinas en los torneos de ajedrez, Internet como gran fusión de personas y sistemas, y las conexiones biológicas directas, como las prótesis neurales o las interfaces con el nervio óptico. Distinguía además entre un «despegue suave», de décadas y por lo tanto planificable, y uno «duro», de apenas cientos de horas. Esa distinción, que en 1993 parecía un tecnicismo, resulta ser la clave de todo lo que sigue.

Vinge no era ingenuo sobre los riesgos: la extinción, que se nos tratara como nosotros tratamos a los animales, una élite siniestra de humanos amplificados. Y aun en el mejor de los casos, advertía, una mente que pudiera copiarse, fusionarse y crecer sin límite pondría en crisis la idea misma de identidad sobre la que se apoya nuestra civilización. Cerraba con Freeman Dyson, que asociaba a Dios con aquello en que se convierte la mente cuando supera la escala de nuestra comprensión.

La ciencia ficción moderna exploró con entusiasmo ese «día después»: el propio Vinge imaginó galaxias divididas en zonas donde la superinteligencia es posible y zonas donde no; Greg Egan narró existencias de mentes copiadas y ejecutadas en computadoras; John C. Wright y Walter Jon Williams construyeron sociedades de humanos amplificados; Bruce Sterling, en Schismatrix (1985), dividió a la humanidad entre Formadores, que se rediseñan con ingeniería genética, y Mecanicistas, que se fusionan con la máquina. Pero casi todas esas historias comparten un supuesto: que lo decisivo ocurriría después de la singularidad. Salvo excepciones tempranas, como La pianola de Kurt Vonnegut, pocos se detuvieron en una posibilidad menos épica: que el golpe llegara antes, sin superinteligencia de por medio.


¿Qué es el Informe Citrini?

Es el reporte 2028 Global Intelligence Crisis, que Citrini Research escribió en febrero de 2026. Se presenta como «un escenario, no una predicción»: un memo fechado en junio de 2028 que reconstruye cómo una IA competente y barata, sin llegar a la superinteligencia, provocaría una caída del 38% del S&P 500 al volver abundante el trabajo del conocimiento.


El fin de la economía del conocimiento

Hace unos días escuché al economista y divulgador Marc Vidal comentar el llamado «Informe Citrini», es decir, el reporte 2028 Global Intelligence Crisis, de Citrini Research. Recomiendo su análisis. Según Vidal, este informe, publicado en un newsletter, movió más a los mercados que muchos de Goldman Sachs.

Lo primero que me llamó la atención fue la forma. El texto se presenta como «un escenario, no una predicción»: es un memo ficticio fechado en junio de 2028 que reconstruye, desde ese futuro, cómo se llegó a una crisis global. Es exactamente el procedimiento de la ciencia ficción prospectiva: extrapolar las tendencias del presente y contar el resultado como si ya hubiera ocurrido. Wall Street adoptó la herramienta que los escritores del género usamos desde siempre.

Lo segundo fue el punto de partida. Citrini no duda de que la IA funcione; supone que funciona demasiado bien, y que ese éxito es el problema. No necesita una máquina ultrainteligente ni una explosión de inteligencia a la manera de Good y Vinge: le alcanza con una IA competente y barata. En su escenario central, el S&P 500 cae un 38% desde su máximo de octubre de 2026 hasta unos 3.500 puntos, el nivel previo a ChatGPT, sin guerra, pandemia ni shock externo alguno. Ese octubre de 2026, conviene notarlo, está a la vuelta de la esquina.

El núcleo del informe es la «paradoja de la inteligencia». La economía moderna se construyó sobre la escasez de la inteligencia humana, y de esa escasez vivían abogados, analistas y consultoras. Cuando ese recurso se vuelve abundante y barato, el valor de las empresas que lo venden no se ajusta de a poco: se evapora. Vidal lo describe como canibalización, no como disrupción, y encuentra señales tempranas en la bolsa.

La más elocuente es la de IBM, que tuvo su peor jornada desde el año 2000, con una caída del 13%, cuando se anunció que Claude, el modelo de Anthropic, podía modernizar código COBOL, el lenguaje en el que todavía corren los mainframes de bancos y grandes corporaciones. Aquí aparece la ironía que Vinge no pudo prever: la «arqueología de programas heredados» que él imaginaba como síntoma de estancamiento, como el muro que frenaría a las máquinas, es precisamente una de las tareas que la IA empieza a hacer mejor. Las caídas se extendieron a otros sectores: CrowdStrike y Zscaler, dos referentes de la ciberseguridad, perdieron más de un 9% tras el lanzamiento de Claude Code Security, mientras American Express y KKR empezaban a ser señaladas como expuestas por sus modelos de crédito e intermediación.

A partir de ahí, el informe describe una «espiral de desplazamiento de la inteligencia» sin freno natural: las empresas recortan personal, invierten el ahorro en más IA y eso habilita nuevos recortes. Es el síntoma que Vinge anotó en 1993, la automatización de tareas cada vez más calificadas, convertido en mecanismo económico. Y el daño se multiplica por un dato: los trabajadores de cuello blanco representan alrededor del 50% del empleo en Estados Unidos, pero el 75% del gasto discrecional. Cuando pierden ingresos, la demanda cae de manera desproporcionada. El contagio sigue hacia los 13 billones de dólares en hipotecas, tomadas por deudores impecables cuyos ingresos ya no están asegurados, y hacia el crédito privado, que pasó de menos de un billón de dólares en 2015 a más de 2,5 billones en 2026, muy expuesto a empresas de software compradas con apalancamiento. Ese riesgo llega a los ahorros de las familias a través de las aseguradoras de vida que controlan Apollo, Brookfield y KKR. Y en paralelo, los agentes de IA que pagan con stablecoins amenazan las comisiones de Visa, Mastercard y American Express.

Vidal presenta también la réplica optimista de otra firma: históricamente, la caída de costos creó industrias nuevas, como ocurrió con las computadoras personales, los cajeros automáticos e Internet, y la IA podría funcionar como una «rebaja fiscal invisible» si abarata los servicios esenciales. Pero las dos visiones, advierte, coinciden en una variable incómoda: la velocidad. La pregunta no es si habrá disrupción, sino si será más rápida que la capacidad de adaptación de las instituciones, las personas y los sistemas políticos. Vidal lo formula en términos económicos, pero es la vieja distinción de Vinge entre el despegue suave y el duro: la misma transformación puede ser una transición planificable o un derrumbe, según cuánto tarde en ocurrir.

El propio informe cierra con una honestidad poco frecuente: fue escrito en febrero de 2026, con el mercado cerca de sus máximos, y dice que «todavía hay tiempo». Vidal propone leerlo como una lente y no como una hoja de ruta. La pregunta útil, sostiene, no es si habrá un crash en 2028, sino qué partes de nuestra situación dan por sentado un mundo que podría no existir dentro de cinco años.

Los que no tenemos boca y queremos gritar

En el cuento de Ellison, la máquina no se conformaba con destruir a la humanidad: a su último sobreviviente lo dejaba sin boca, incapaz siquiera de gritar. Algo de esa impotencia siente hoy un trabajador del conocimiento frente a un escenario como el de Citrini.

¿Cómo nos reconvertimos?

Una respuesta simple recomienda volver a las bases: a las artes y oficios donde la IA todavía no tiene lugar, de la plomería y la albañilería al teatro. Tiene sentido. En el magnífico El cine según Hitchcock, de François Truffaut, el director inglés aconsejaba que, cuando el creador se pierde en su proceso, vuelva sobre lo comprobado: run for cover, ponerse a cubierto, pisar sobre seguro. El consejo funcionaba cuando el terreno seguro no se movía. Hoy se mueve: la impresión 3D a gran escala y los robots inteligentes dejan cada vez menos margen de maniobra también en esos oficios.

Hay, sí, ventanas temporales. Cada vez menos jóvenes eligen la plomería, la herrería, la carpintería, la electricidad o la albañilería, y eso deja un espacio. Otra ventana favorece a quienes recibieron una formación más integral que la actual, con una capacidad de comprensión de textos y de análisis crítico, derivada de un abordaje científico, superior a la del promedio de hoy. Pero tiendo a creer que todo esto es temporal, y me pregunto: ¿alcanza con la tan valorada capacidad de adaptación? Y si ese es el camino, ¿el escenario final es el del sobreviviente, donde seremos poco más que buscavidas del futuro cercano?

Aunque suene loco, intuyo que la apuesta más certera es la que Vinge proponía hace más de treinta años: no competir con la máquina, sino amplificarnos con ella. En su versión extrema, esa apuesta es la de las prótesis neurales y la mente trasladada a un servidor, el territorio de Egan. Siempre dije que, cuando muriera, quería que mi mente siguiera viviendo en un servidor, y no lo decía por decir, aunque hoy no estoy tan seguro de querer prolongar mi existencia así, imitando las fantasías de mis autores favoritos. Pero hay una versión más inmediata y menos novelesca: los trabajadores del conocimiento tenemos que abrazar la IA, integrarla a nuestro trabajo cotidiano, para que de esa combinación surja una inteligencia productiva que reúna lo mejor de ambos mundos.

Mano humana mueve un caballo holográfico sobre un tablero de ajedrez digital, símbolo de la colaboración entre personas y máquinas
Humanos y máquinas en el mismo tablero: la hibridación que proponía Vinge. Imagen generada con IA.

Esta salida, sin embargo, tiene dos límites. El primero lo dejó, sin quererlo, el propio Vinge con su ejemplo del ajedrez: durante algunos años, los equipos mixtos de humanos y computadoras superaron a las máquinas que jugaban solas, pero con el tiempo los motores terminaron por dejarlos atrás. La hibridación también puede ser una ventana, no un refugio definitivo. El segundo es que la amplificación individual no desactiva la paradoja de Citrini: si todos nos amplificamos, la inteligencia sigue siendo abundante. Como señala Vidal, el escenario optimista solo funciona si la productividad se distribuye, y esa ya no es una decisión individual sino una discusión colectiva.

Llegará el tiempo en que nadie pueda distinguir cuánto hay de artificial y cuánto de humano en lo que producimos. Mientras tanto, a diferencia de los personajes de Ellison, todavía tenemos boca. Conviene usarla, para adaptarnos y también para exigir que esa discusión se dé a tiempo.